The Secret of Monkey Island / Review

Gráficos:
8/10
Jugabilidad:
9/10
Historia:
10/10
Sonido:
10/10
Es, tal vez, la mejor aventura clásica que se haya hecho para siempre en todas las dimensiones.
No jugarlo puede causar un severo caso de vacío existencial.

El Secreto es el secreto

The Secret of Monkey Island, para aquellos que no tienen idea qué es, puede sonar a una mala película de aventuras de los años ’40 o a un nuevo disco de Fall Out Boy. Por otro lado, para aquellos que sí saben qué es pero nunca se interesaron, resulta simplemente un videojuego antiguo, con demasiado que leer y menos explosiones que Downtown Abbey. Ahora, para los que conocemos la historia, disfrutamos de la jugabilidad y agarramos una espada y no pensamos en otra cosa que no sea insultar, esta aventura gráfica de Lucasarts puede significar algo mucho más fuerte que un conjunto de ceros y unos, algo tan indescriptible que puede compararse a un secreto que no conocemos. Sí, un secreto que no conocemos, y es por eso que no podemos hablar bien sobre ello ni contárselo a los demás.

En este último tiempo, fui descubierto muchas veces mirando videos del Monkey Island durante el horario laboral. Las personas pasaban detrás de mi escritorio y cada tanto observaban en mi pantalla esas imágenes pixeladas que representan los rincones más famosos del abandonware: el Scumm™ Bar, Meleé Island™ o el primer campamento de Herman Toothroot, pero nadie comprendía bien de qué se trataba, y todos miraban como extrañados.

Una vez, recuerdo, uno de mis compañeros me llegó a preguntar si se me había roto la computadora, ya que esa era la única explicación por la cual el monitor tendría una calidad de reproducción tan baja. “No, es así”, le contesté inmediatamente, esbozando una sonrisa y haciéndole señas de que se acerque. De esta forma, comencé a explicarle qué era eso que estábamos mirando, quiénes eran los personajes y de qué iba la historia, pero cuando terminé, solo le restó una pregunta: “¿por qué te pones a mirar esto ahora?”.

“Por qué”, me preguntó, y ya no supe qué decirle. Venía de divagar fluidamente durante varios minutos sobre Guybrush Threepwood, cómo éste quería convertirse en pirata, las tres pruebas y la receta del grog, pero luego del “por qué” me quedé completamente en silencio. “¿Y?” insistió, hasta que balbuceé un tímido “no sé, me tranquiliza”. Y es verdad, me tranquiliza. Por alguna extraña razón, con sólo escuchar medio segundo del tema principal o mirar cualquier parte del juego en YouTube, una sensación de calma me invade y me aleja del stress y de los problemas; es un acto escapista, y de actos escapistas se construye la nostalgia.

Gran parte de Monkey Island es, simplemente, ese amor que sentimos por aquello que, a través del tiempo, nos va resultando cada vez más lindo y mejor. Nos olvidamos de los problemas que teníamos en esos años, que seguramente se han perdido, y evadimos los problemas actuales fantaseando con volver a una época más simple, abrazando videojuegos que preferían hacerte reír que llorar, y en los cuales no tenías que pasarte tres horas yendo del punto A al punto B, sino pensando de cuántas formas podías utilizar un pollo de goma con una polea en el medio en una historia de piratas. Esa sensación escapista es un acto nostálgico, y una de las mejores respuestas al por qué que me había dejado mudo. Pero hay otra parte de este mundo, el otro cincuenta por ciento del por qué Monkey Island que no sabré expresar nunca.

A diferencia de la nostalgia, que puede explicarse fácilmente y la hemos resumido en “añorar tiempos que, a la distancia, parecen mejores”, existe un detalle atemporal casi inexplicable. Hay algo que no podemos decir con palabras. Si, por un lado, el acto escapista se produce porque los que crecimos con lo que hoy es abandonware lo relacionamos con nuestra infancia y nos gusta introducirnos nuevamente en esa sensación, ¿qué le pasa a alguien que hoy accede a él por primera vez? ¿Por qué las nuevas generaciones se interesan por un juego de éstas características en una sociedad que avanza a tres mil por hora? ¿Qué posee además del valor nostálgico? ¿Cuál es el secreto? Varias veces intenté explicármelo y explicárselo a otros, todas sin éxito. Igualmente, hubo una sola en que creí estar cerca.

Hace un tiempo, en otra situación en la que me preguntaron qué significaba este juego, yo contesté que la mejor forma de entenderlo es pensar el mundo dentro de mil años. Allí, un joven de veintitantos se sacará el casco de la Playstation 84 y volverá al mundo real mientras una nave espacial aterriza al borde de su casa. En ese contexto, abrirá una cerveza que no engorda, respirará el almuerzo y le pedirá al robot familiar que encuentre la forma de correr The Secret of Monkey Island en la supercomputadora. “¿Y cuál es el secreto, entonces?” me preguntó mi interlocutor. “Sinceramente… -le contesté-, creo que el secreto es el secreto, y como nadie lo sabe, no te puedo hablar sobre él. Lo que sí puedo asegurarte es que de todas las cosas hermosas del mundo, no hay nada más atractivo que un secreto, y siempre va a haber alguien que quiera descubrirlo”.

Nahuel Malaquín

Nahuel Malaquín

Escritor y realizador de Cine y TV. Trabajo como creativo en la Dirección Global de Contenidos de Telefe. Me apasionan los videojuegos y las mujeres ajenas.

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